El Pacífico Ajeno
Hay algo en las pinturas de Moisés Barrios, para quienes conocimos el Pacífico de Costa Rica antes de la era del turismo masivo en sus costas, que nos re-sitúa en un presente olvidado y nos remonta a un pasado irrecuperable en su identidad y esperanza. Esa identidad ligada a lo real y que ahora, en algunos puertos y costas se difumina en escenarios adoptados con intención de recrear un tipo de paraíso que nunca existió, y en otros, que ha ido mutando con un desarrollo que homogeniza y reitera un entorno espacio visual mediante marcas transnacionales, o con el abandono y la pérdida de un futuro promisorio... ya Moisés Barrios lo apuntaba irónicamente en una obra de su serie "El museo de lo obvio", hace casi diez años: " nuestro futuro ya no es como antes ".
Vetustas estructuras de muelles, capitanías de puerto, rieles de ferrocarriles abandonados, antiguas bodegas y edificios aduaneros caracterizan a muchos puertos centroamericanos, prácticamente desafectados en la actualidad. La llegada de cruceros a Puntarenas ha reciclado el muelle en mercado de souvenirs, y la arquitectura en general comienza a declinarse en clave de centro comercial: ha desaparecido un ciclo de vida donde el puerto era un símbolo del progreso, el punto de confluencia de la salida de productos nacionales y la importación de bienes manufacturados, la frontera de lo interno y lo externo, de lo local y conocido, hacia la aventura, lo desconocido, la inmensidad del mar. El puerto era la ciudad, sus bares, sus hoteles de paso, sus pescadores artesanales, su fauna polimorfa, las enlatadoras pestilentes, los embarcaderos de cabotaje, los mercados, el permanente olor a pescado, los puestos de pipas, y los artículos de carey, concha y jícara, que un turismo eminentemente local buscaba y apreciaba, así como las cafeterías de acera donde se tomaba el fresco por las tardes y los bailongos frente al mar para las noches de juventud. De esto algo queda, pero ha desaparecido el tren, que también formaba parte del imaginario nacional como idea de progreso, herencia del positivismo, pero igualmente como una ocasión de paseo, de encuentro a lo largo de su recorrido con diversos climas, productos y personajes, de una época en que aún coincidían gentes de todas clases y proveniencias.
En El Salvador, la visita al puerto de La Libertad deja un sabor similar, agravado por las secuelas de los terremotos que han dejado parte de la ciudad inutilizable y fantasmagórica. El antiguo muelle de concreto ahora solo alberga a los pescadores que salen cada mañana, bajando sus barcas por un único tecle al extremo del muelle, tecle que luego iza la barca al final de la tarde, con su carga al regreso de la pesca, que parece ser siempre abundante a juzgar por las montañas de peces, pulpos y moluscos que mujer e hijos limpian con paciencia y venden directamente, bajo un sol inclemente solo protegidos por unos toldos de plástico, mientras el padre remienda redes o prepara carnada, el eterno recomenzar de la pesca. Para quienes no padecemos la penuria y las carencias de un puerto que ha perdido su importancia, que trata de sobrevivir con los restos, La Libertad tiene el misterioso encanto del abandono y de la ruina, un pueblo donde se confronta lo real con el pasado imaginario, el artificio del presente y el simulacro de lo typical .
Pero hay otro Pacífico que no son los puertos principales sino los pueblos costeros, donde las escenas de playa y de actividades populares, se contraponen a las visiones del Pacífico harto distribuidas por los folletos de promoción turística, sobre todo en Costa Rica, con abundantes cocoteros, cascadas, arenas blancas y aguas cerúleas, amén del infaltable vaso de coctel tropical en manos de alguna modelo de largas piernas doradas en bikini blanco y del musculoso "surfo" de pelo oxigenado. La realidad popular de los verdaderos habitantes de puertos y costas, con sus tensiones y alegrías, sus dramas y su sabor, solo está presente en el folleto y el universo turístico en su versión folclórica y anecdótica.
Estas pinturas son de una realidad improbable, pero Moisés Barrios no busca una representación, sino una lectura que subyace realidades - capturadas mediante fotografía, o sea a partir de un espacio bidimensional - que depura de su sentido de postal. Plantean una especie de vida en suspenso, donde ya nada es como era, pero en el fondo, tampoco ha cambiado: se puede ver pasar el día, sentir el calor que lleva al perro a dormir bajo una mesa de cafetería en la arena, sentir la lentitud en la compra mientras se conversa, sentir que el tiempo tiene otra duración que en la ciudad, percibir el brillo que solo tiene la arena mojada cuando es negra, oír los gritos de los chiquillos gozando de la playa porque existe, nada más, y porque tal vez algunos no vendrán a menudo al mar, y porque otros solo tienen el mar en su vida.
Virginia Pérez-Ratton Costa Rica, Abril 2007
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