Moisés Barrios
 

El Pacífico de Moisés Barrios

Por Gustavo Berganza, 2007

 

La franja que va del Puerto de San José hasta Iztapa forma, indudablemente, parte del

catálogo de los sitios que nunca se nos ocurriría poner en los almanaques que exaltan el

paisaje guatemalteco ni en los anuncios que dirigimos a los turistas. Y sin embargo, estos

lugares, morenos, peligrosos en términos naturales y sociales, se han convertido en una

obsesión temática para Moisés Barrios, a un grado tal que lleva ya más de veinte años de

explorarlos y fotografíarlos con una pasión casi religiosa.

 

De esta obsesión han salido varias series de acuarelas y óleos, interpretaciones

personales, sumamente emotivas, de un artista que recodifica de esa manera lo que el

lente de su cámara aprisionó en impulsos fotoquímicos, primero, y luego fotocibernéticos.

Lo ordinario que aprisiona la instantánea fotográfica es canalizado en visiones que revelan

una melancólica y atribulada sensibilidad estética.

 

Por alguna razón que tiene mucho que ver con mi preferencia por la etapa fantástica de

Moisés, llena de espectros fantasmagóricos y monos traviesos, insumisos críticos del

género humano, vi con desconfianza el lento giro que fue tomando su creación hacia el

realismo. Para mayor inri, un realismo afincado en paisajes, personas, objetos y acciones

que uno prefiere ignorar cuando se topa con ellos. Sin embargo, superado ese rechazo

inicial, empecé a dejarme seducir por los tonos ocres de acuarelas y de las sucesivas

series de oleos que retratan la chata, decadente y fea costa del Pacífico guatemalteco.

 

En un video realizado con ocasión de presentar la serie La Ilustración del Pacífico , en la

galería Teórica , en Costa Rica - exposición de la cual se incluyen varias piezas en esta

retrospectiva-, Moisés declara haber seguido los consejos de Edward Hopper para

desarrollar su técnica al óleo. Pero lo que uno ve en la obras que vienen desde Banana

Republic hasta La Ilustración del Pacífico es que no ha sido solamente la técnica de Hopper

la que ha influido en el talante y connotación de la obra de Barrios, sino también el espíritu

de nostalgia, de soledad interior que desborda los poros y de aislamiento de personajes,

paisajes y objetos, que se manifiesta en la obra del genial pintor realista estadounidense.

 

La melancolía que entraña la interiorización del sentimiento de subalternidad, la certeza de

estar condenados a una realidad de marginación , inexplicable pero inmutable es el tema

que parece unir a esta selección de imágenes "más reales", así entre comillas, contrario al

ambiente alucinante, desafiante y libérrimo, en el que se desenvuelven la mayor parte de

sus grabados.

Los contextos en los que se sitúan estas pinturas del Pacífico guatemalteco tienen un cierto

dejo de resignación. Salvo la mirada desafiante del campesino que empuña la pistola,

todos los personajes -sean estos paisajes, hombres, mujeres o niños- tienen grabado el

sello de lo inmutable. Hay resignación en las ruinas de los muelles, en la mirada del

lanchero y en las espaldas de la señora que ve de frente hacia la desolación del canal de

Chiquimulilla. No obstante, la resignación no le cierra la puerta a lo ludico ni al conflicto. En

este mundo de raigones que se erizan sobre una playa de arena lodosa y desangelada,

con desembocaduras que han transformado en verdaderas cloacas, pueden florecer

también alegrías elementales. La imagen del fotógrafo del flotador amarillo, en forma de

pulpo, así lo confirma. Y Moisés refuta que la playa de Iztapa y San José sea solamente el

inmenso y abigarrado caldo humano que retratan las portadas de los diarios el día

después del fin de Semana Santa. No pocas de las obras presentadas aquí demuestran

que la costa del Pacífico cercano puede ser un lugar de paz para quien se empeña en

buscarla y de verdadero goce estético, aunque carezca de palmeras y el mar se agite

entre retortijones de alfaques y marejadas. El reflujo, aunque desnude la miseria del

paisaje, trae, como confirma Marea Baja, Iztapa , una tranquilidad que no da la perniciosa

vida urbana.

 

Moisés ha aprendido a amar este microcosmos y a hacerlo parte de sí, porque lo que uno

ve aquí en esta serie es simpatía, amor por lugares, personajes, objetos y rituales,

cargados de una intensa y nostálgica belleza. Si usted ve con atención y escucha lo que

estos cuadros tienen que decirle, comprenderá usted la obsesión de Moisés por el Pacífico

guatemalteco.