Moisés Barrios
 

Banana Republic

 

Ya no se puede confiar en nada ni en nadie. Las palabras, los términos, los nombres que

usamos para llamar a las cosas  de pronto adquieren un significado distinto y llegan a

evocar incluso lo opuesto de aquello para lo que fueron creados.



Banana Republic. ¿Quién iba a decir que ese término de desprecio y de burla iba a reflejar

algún día una cierta placidez, un esmerado descuido, muy deseable en ropa de algodón

que se arruga airosamente y compran miles de personas?



Incluidos muchos de nosotros, claro, ciudadanos de una auténtica república bananera,

cuyo gobierno no hace más que un cuarto de siglo usaba los escasos tres helicópteros que

poseía el ejército para llevarse a los generales y a sus acompañantes desde los mejores

burdeles hasta el puerto. Un país en donde los diputados procuran aprobar una ley para

aumentarse de manera automática el sueldo cada año o en donde el Presidente elige a

voluntad la melodía con la cual habrá de ser recibido en cada ceremonia oficial. Y algún

oficioso partidario convierte la canción en una especie de himno referencial, cuya tonada

escuchan los ciudadanos en no pocas dependencias estatales mientras esperan a ser

atendidos por teléfono.



Y después alguien se atreve a burlarse del gobernador de mi departamento, que impedido

de avanzar al ritmo de La Granadera, escogió una polka, El Barrilito, para hacerse

acompañar en los actos oficiales.



Ha pasado casi un siglo y medio desde que un estadounidense despabilado empezó a

sembrar matas de banano junto a la línea férrea de Costa Rica. El resto es historia. El

emporio creció a lo largo de la toda la costa atlántica de Centroamérica y no hubo

pequeña nación del área que no sucumbiera a su poder, ni se dejara gobernar por los

designios de sus poderosos amos. El banano rigió buena parte de la economía y la política

y La Compañía, como La Embajada, pronto descubrieron en estas tierras la materia prima

perfecta para reunir varios países en una sola gran finca.



En el momento en que un gobierno nacional intentó romper el cerco, cayó la guadaña.



Y desde entonces no hemos dejado de escuchar el término y nos hacemos con él los

desentendidos para evitar la vergüenza.



Pero no hay rastro de ese sentimiento en la pintura de Moisés Barrios. Ni un trazo de

rubor, ni un gramo de autocomplacencia. Hay mucha diversión en cambio. Hay un reflejo

alegre, desapercibido, de lo que supone saberse ciudadano de una República Bananera.



Desde el retrato de un racimo de bananos a punto de tornarse color oro que merece el

marco más elegante, o los soldaditos de verde camuflage que asaltan la fruta, hay

siempre un profundo sentido de la ironía. Capacidad de reírnos de nosotros mismos, que

no es otra cosa. Eso hay en esta pintura.



Y hay una aceptación del término sin pudor, pero también con plena conciencia. Todos

tenemos piel de banano en esta historia. Sin embargo, nadie se merece más esa cáscara

amarilla e impura que los dinosaurios que nos gobiernan o los aviones supermodernos del

imperio que a cada cuanto nos sobrevuelan.



¿Bananeros? ¿nosotros? Por favor.



Lo nuestro es ir de tiendas y comprar uno de esos sombreros de ala ancha, mientras el

campesinado levanta la nueva cosecha.

 


Juan Luis Font

Texto de sala, Exposición Bananas. Centro Cultural Metropolitano.

Guatemala, 2008